Por Ainhoa Verdugo

En Un lugar olvidado por dios que sigue bailando y riendo, Mariana Mendoza —beneficiaria del PECDA Campeche— se entrega sin reservas como autora, directora y protagonista de una pieza que es tanto testimonio como grito de resistencia. Lo que presenciamos el pasado 29 de marzo en El Claustro fue una muestra en proceso, pero ya poderosa en su forma y contenido, de cara a su inminente estreno completo el 8 de junio de 2025.

La obra, de 50 minutos de duración, se articula como una travesía íntima: una búsqueda personal que se enreda, inevitablemente, con el entorno social y ecológico de la península de Yucatán. Mendoza no sólo narra su vida —o fragmentos de ella—, sino que se erige como canal de una denuncia contundente sobre la devastación ambiental que acecha al sur del país. La memoria individual se funde con la memoria del territorio, y el escenario se vuelve un eco de ambas.
La puesta en escena apuesta por lo esencial: una escenografía sencilla, útil, que nunca compite con la palabra sino que la sostiene. Las proyecciones audiovisuales son un acierto: imágenes y datos duros sobre la masacre ecológica nos golpean sin ambages, mientras la voz de Mendoza guía la reflexión. En este juego visual-sonoro, la música y los efectos cumplen una función más que decorativa: marcan las transiciones, intensifican atmósferas y permiten que el espectador se hunda de lleno en la narrativa emocional y política.
El trabajo actoral es limpio, honesto, con momentos de gran vulnerabilidad física y emocional. Una escena en particular, donde la intérprete permanece sumergida en una tina con agua por un periodo prolongado, es tan simbólica como conmovedora: cuerpo y naturaleza, sumisión y resistencia. Aun tratándose de una función en proceso, la entrega escénica fue total.

Al salir del teatro, una sensación de desasosiego persiste. La obra remueve, sacude, incomoda —como debe hacerlo el buen arte. Para quienes cargamos una sensibilidad especial hacia el medio ambiente, es imposible no sentirse interpelados. Pero también hay espacio para la gratitud, para la contemplación de lo vivido y lo que aún podemos preservar. La pieza invita a mirar dentro, pero también a mirar hacia afuera y preguntarse: ¿qué estamos haciendo? ¿Qué podemos hacer?

Un lugar olvidado por dios que sigue bailando y riendo no es sólo recomendable: es urgente. Es una obra que debe ser vista por adolescentes y adultos, especialmente por quienes deseen enfrentarse a una narrativa que combina poesía escénica con activismo. Tal vez no sea para todos —las infancias podrían no encontrar aquí su ritmo—, pero sí para todos los que aún creen que el arte puede cambiar algo, aunque sea un poco.
Y aún tendrás tiempo de verla este 13, 14 y 15 de junio en el teatro Juan de la Cabada a las 19hrs.